Comer menos y moverse más es la receta para bajar de peso promovida ampliamente. Sin embargo, pese a esta recomendación extendida, la pandemia de obesidad avanza en el mundo y sus tasas se encuentran en máximos históricos.

Según un artículo publicado en The American Journal of Clinical Nutrition (TAJCN) por un grupo de investigadores liderados por David. S. Ludwig, de la Escuela de Salud Pública de Harvard, el problema está más relacionado con lo que comemos que con la cantidad.

En Estados Unidos, la obesidad afecta a más del 40% de los adultos (en Argentina, al 32,4%, mientras que 33,7% tiene sobrepeso). Según las pautas dietéticas de ese país -y extendidas a nivel global-, para enfrentar el problema se necesita que «los adultos reduzcan la cantidad de calorías que obtienen de los alimentos y bebidas y aumenten la cantidad gastada a través de la actividad física».

Los autores del artículo publicado en TAJCN explican que este enfoque para el control de peso se basa en el modelo centenario de balance energético, que establece que el aumento de peso se debe al consumo de más energía de la que gastamos.

La obesidad es un problema de salud pública en crecimiento a nivel mundial. Foto Shutterstock.

La obesidad es un problema de salud pública en crecimiento a nivel mundial. Foto Shutterstock.

Cambiar el modelo

En «El modelo carbohidrato-insulina: una perspectiva fisiológica sobre la pandemia de obesidad», el equipo liderado por Ludwig señala «fallas fundamentales» en el modelo de balance energético y sostienen que un modelo alternativo, el modelo carbohidrato-insulina (MCI), explica mejor la obesidad y el aumento de peso.

Asimismo, afirman que el MCI orienta el camino hacia estrategias de control de peso más efectivas y duraderas.

Según Ludwig, endocrinólogo del Centro de Prevención de la Obesidad del Boston Children’s Hospital y profesor de la Facultad de Medicina de Harvard, el modelo de balance energético no ayuda a comprender las causas biológicas del aumento de peso.

Y ejemplifica: «Durante un período de crecimiento acelerado, por ejemplo, los adolescentes pueden aumentar la ingesta de alimentos en 1.000 calorías al día. Pero, ¿comer en exceso causa el estirón del crecimiento o el estirón hace que el adolescente tenga hambre y coma en exceso?»

En contraste con el modelo de equilibrio energético, el modelo de carbohidratos-insulina hace una afirmación audaz: comer en exceso no es la principal causa de la obesidad.

En cambio, el modelo carbohidrato-insulina atribuye gran parte de la culpa de la actual epidemia de obesidad a los patrones dietéticos modernos caracterizados por el consumo excesivo de alimentos con un alto índice glucémico: en particular, carbohidratos procesados ​​y de rápida digestión (con alto contenido de azúcares y harinas refinadas).

Estos alimentos provocan respuestas hormonales que cambian fundamentalmente nuestro metabolismo, impulsando el almacenamiento de grasa, el aumento de peso y la obesidad.

El modelo de carbohidratos-insulina

Si bien el modelo carbohidrato-insulina no es nuevo (sus orígenes se remontan a principios de la década de 1900), la perspectiva publicada en TAJCN es la formulación más completa de este modelo hasta la fecha, escrita por un equipo de 17 científicos, investigadores clínicos y expertos en salud pública que, en conjunto, resumieron el creciente cuerpo de evidencia en apoyo del MCI.

En el texto, explican que cuando comemos carbohidratos altamente procesados, el cuerpo aumenta la secreción de insulina y suprime la secreción de glucagón (una hormona que estimula la producción de glucosa, elevando así la glucemia).

Esto, a su vez, indica a las células grasas que almacenen más calorías, dejando menos calorías disponibles para alimentar los músculos y otros tejidos metabólicamente activos. El cerebro percibe que el cuerpo no recibe suficiente energía, lo que, a su vez, conduce a una sensación de hambre.

Además, el metabolismo puede ralentizarse en el intento del cuerpo por conservar combustible. Por lo tanto, tendemos a permanecer con hambre, incluso si seguimos aumentando el exceso de grasa.

Según los autores del artículo, para comprender la epidemia de obesidad, es necesario considerar no solo cuánto comemos, sino también cómo los alimentos que comemos afectan nuestras hormonas y metabolismo. Con su afirmación de que todas las calorías son iguales para el cuerpo, el modelo de balance energético pasa por alto esta pieza fundamental del rompecabezas, sostienen.

Y afirman que la adopción del MCI sobre el MBE tiene implicaciones radicales para el control del peso y el tratamiento de la obesidad. En lugar de instar a las personas a comer menos, una estrategia que, apuntan, generalmente no funciona a largo plazo, el modelo carbohidrato-insulina sugiere otro camino que se centra más en la calidad de lo que se ingiere que en la cantidad.

El modelo de carbohidratos-insulina, sugieren, ofrece un marco conceptual para comprender cómo otros componentes dietéticos (como por ejemplo la fructosa, el tipo de proteínas y ácidos grasos, la fibra, el orden de la comida dentro del menú), así como cuestiones vinculadas al comportamiento (horario de las comidas, ritmo circadiano, actividad física) y exposiciones ambientales (como los disruptores endócrinos) pueden afectar el peso corporal a través de mecanismos asociados, más que a través de efectos directos sobre la ingesta y el gasto.

Impulsan un mayor foco en el qué y cómo se come y no tanto en el cuánto. Foto Shutterstock.

Impulsan un mayor foco en el qué y cómo se come y no tanto en el cuánto. Foto Shutterstock.

Contra el conteo de calorías

Los autores del trabajo sostienen que la restricción de calorías para el tratamiento de la obesidad da como resultado una pérdida de peso inicial, lo que ofrece a los pacientes la impresión de que están llevando un control consciente sobre su peso corporal.

Pero eso no sería sostenible en el tiempo. «La pérdida de peso continua requiere una restricción calórica progresivamente más severa, incluso cuando aumenta el hambre. Pocas personas logran una pérdida de peso clínicamente significativa a largo plazo con este enfoque. Aquellos que no pueden, pueden sentirse estigmatizados implícitamente por carecer de autocontrol». señalan.

Según Ludwig, «reducir el consumo de los carbohidratos de digestión rápida que inundaron mercado de alimentos durante la era de la dieta baja en grasas disminuye el impulso subyacente de almacenar grasa corporal. Como resultado, las personas pueden perder peso y sentir menos hambre«.

No obstante, los autores reconocen que se necesita más investigación para probar de manera concluyente ambos modelos y, quizás, para generar otros nuevos que se ajusten mejor a la evidencia. Con ese objetivo, piden un discurso constructivo y «colaboraciones entre científicos con diversos puntos de vista para probar las predicciones en una investigación rigurosa e imparcial».



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