Casi un mes después de la explosión que asoló Beirut, la vida de Jad Hardini sigue destrozada. No tiene apenas heridas visibles, como las que muestra su padre, pero al igual que para miles de beirutíes, las mentales se quedarán para siempre porque nunca serán capaces de olvidar lo que sucedió el pasado 4 de agosto.
EFE/EPA/WAEL HAMZEH
Casi un mes después de la explosión que asoló Beirut, la vida de Jad Hardini sigue destrozada. No tiene apenas heridas visibles, como las que muestra su padre, pero al igual que para miles de beirutíes, las mentales se quedarán para siempre porque nunca serán capaces de olvidar lo que sucedió el pasado 4 de agosto.
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Beirut, 30 ago (EFE).- Casi un mes después de la explosión que asoló Beirut, la vida de Jad Hardini sigue destrozada. No tiene apenas heridas visibles, como las que muestra su padre, pero al igual que para miles de beirutíes, las mentales se quedarán para siempre porque nunca serán capaces de olvidar lo que sucedió el pasado 4 de agosto.
“Esto ha sido muy trágico, no seremos capaces de olvidarlo nunca”, afirma Jad, de 33 años, a Efe en su casa, que quedó destrozada en el barrio de Karantina, uno de los más devastados de la ciudad y que mira al puerto donde sucedió la explosión de origen desconocido.
“El trauma no impacta enseguida, toma su tiempo. Después de dos, tres semanas, me siento a solas y empiezo a llorar recordando lo que ocurrió. Es muy duro. Mentalmente, nos ha destrozado”, se sincera sereno Jad, que ha vivido desde que nació en esa casa.
MUERTOS POR DENTRO
Toda su familia estaba en el momento de la explosión en el hogar. Ahora, su hermana pequeña se niega a volver a esas cuatro paredes que están arreglando.
“Estamos realmente muertos por dentro”, lanza Jad.
De acuerdo a un estudio preliminar sobre el impacto psicológico de la explosión realizado por la consultora Strategy&Middle; East, a fecha del 17 de agosto, el 80% de los afectados admitieron “estar alerta ante cualquier ruido o peligro”, así como un 79% con depresión o decaimiento.
Asimismo, un 74% se muestra nervioso o con ansiedad, mientras que un 66% “no puede detener o controlar” dicha ansiedad.
La salud mental se ha convertido en una de las prioridades para las ONG que trabajan en la emergencia después de la explosión de 2.750 toneladas de nitrato de amonio que mató a 182 personas, hirió a más de 6.000 y dejó sin hogar a unos 300.000.
Por esa razón, la organización Médicos del Mundo, entre otras, está presente en Karantina para preguntar cómo están y dejarles que expresen todo lo que tienen dentro, además de hacerles un seguimiento si los afectados la requieren.
Noelle Jouan, coordinadora del programa de salud mental y psicosocial para Médicos del Mundo, toca junto a su equipo las puertas de al menos 25 casas por día en el barrio.
“Sus emociones son muy fuertes. No saben cómo expresarse. Hay mucha tristeza, rabia, shock, miedo”, relata a Efe.
Según explica Jouan, en las dos o tres primeras semanas tras un suceso, “es normal estar triste, tener problemas para dormir, para la rutina, las comidas” pero precisa que “si dos o tres semanas después tienen los mismos síntomas de ansiedad y no poder dormir, hay que realizar un seguimiento profesional”.
Jouan recuerda cómo un niño al que vio ya no acepta más ver a gente herida.
“Tiene cinco años y su amigo fue herido por la explosión. Después de estar con él y verle herido, ya no acepta volver a verlo más”, relata.
EVITAR QUE SEA CRÓNICO
La coordinadora de emergencias de Médicos del Mundo, la española Tina Miñana, que ha acudido en misión de seis semanas al Líbano explica a Efe que ante «una situación como esta, anormal, la gente tiene reacciones anormales».
«Es muy importante que esto luego no se perpetúe en el tiempo y se cronifique”, dijo.
“Al final es importante que se pueda dar ahora un apoyo puntual pero, ¿luego qué pasa? En el medio plazo hay que intentar asegurar ese acceso”, indica.
Lea Zeinoun, directora ejecutiva de la ONG libanesa Embrace para salud mental, afirma a Efe que el número de llamadas a la organización ha “aumentado” desde la explosión, sin aportar una cifra hasta el momento.
Comenta que las llamadas ya venían incrementado desde antes de “este desastre” por la situación económica que atraviesa el país, la peor desde el final de la guerra civil (1975-1990), y la pandemia de la COVID-19.
Desde esta explosión, Zeinoun indica que la gente a la que atienden atraviesan por “el duelo de perder a alguien, de perder la casa, de perder algo de ti”.
Esas personas “pierden la sensación de sentirse seguras en el Líbano, pierden la fe en la existencia”, indica.
“Tienen cicatrices que durarán para siempre”, zanja.
Isaac J. Martín

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