Inca
siente el eco de los tambores. Inca escucha el bullicio en el gimnasio. Inca
puede sentir los nervios en el vientre de su madre. Lionela se acaricia la
panza. No sabe si Inca es hijo o hija, prefiere enterarse en un par de semanas,
cuando Inca pueda ver la luz del mundo. El médico le dijo que si se sentía bien
podía tocar en la comparsa. Lionela sonríe y su sonrisa es una mezcla de orgullo y debilidad;
como si no pudiera elegir otra cosa, como si ser parte de Lesionados por el corcho fuera una decisión que le excede. Gonzalo,
el padre de Inca, también toca. Estará allí, bien cerquita, haciendo vibrar la
29 y alerta, también, por si hay que salir de apuro.

Es
la hora de formar. Ya pasaron las doce de la noche y en unos minutos se
escuchará por los parlantes la presentación de Lesionados. Un desfile de
colores va abandonando el Club Comunicaciones y camina por la calle 31 hasta la
32. Los nervios vencen a la euforia. La euforia, en todo caso, vendrá después,
si queda algo de energía tras bailar una hora y media por la avenida 29. 

Lesionados
por el corcho nace en el año 1993, cuando Gabriela Florella –directora general
junto a su hermana Rocío– comentó en la mesa familiar una extraña estadística
de aquellos días: “Hubo muchos lesionados por el corcho de la sidra, este año”.
La idea de la comparsa estaba en el aire en Gabriela y Ángel, su pareja de
entonces. “Qué buen nombre para una comparsa, lesionados por el corcho”, dijo
alguno. La primera vez eran apenas unas quince personas, todos compañeros y
familiares de un programa de radio que tenían por entonces: La mosca detrás de
la oreja. Bailaron la 29 ida y vuelta –una forma de disimular las pocas
atracciones carnavalescas de entonces–. Los instrumentos con los que contaban
el primer año eran tan pesados que resultaba imposible sostener el ritmo. Lo
que comenzaba siendo ritmo de carnaval de Río en calle 30, se convertía, al
llegar a la plaza, en una versión Slow
Motion
analógica. Al año siguiente contaron con un subsidio del municipio
para comprar lo que hiciera falta y los integrantes pasaron de quince a
setenta. El resto es historia conocida. Un constante crecimiento hasta hoy,
donde cerca de trescientas personas le dan vida y color al gimnasio del
Comunicaciones.

Son
las diez de la noche del viernes. Voy al club Comunicaciones porque quiero
saber lo que significa Lesionados por el
corcho
para los integrantes, quiero sentir qué tipo de energía circula ahí,
por qué los miembros hablan de la comparsa durante todo el año. Cuál es el
secreto de la vigencia.

Suena
cumbia en el club. Todavía falta para salir a bailar, pero las más chiquitas ya
lucen sus trajes naranjas. Van y vienen, corren, juegan, se toman de la mano.
Algunas le piden plata a los padres para una hamburguesa. La ansiedad les
atraviesa el cuerpo de la misma forma que el sueño lo hará en un rato. Las más
grandes trabajan sobre el maquillaje; otras, con el peinado.

Imaginé
un clima de euforia, de griterío, de vasos de plástico por todos lados, de
bailes y arengas, de redoblantes inquietos. Lo que veo, en cambio, me hace
pensar en camarines de un teatro, en actores que repasan la letra mentalmente
mientras se delinean los ojos.

Una
colega se acerca a saludarme. Me mira de frente y se ríe. El jopo, el
maquillaje y su actitud de carnaval hacen que demore un par de segundos en
reconocerla. Ella disfruta lo que causa, “ni nosotros nos reconocemos”, dice.
Hacemos chistes, llevo su montaje de carnaval a su ámbito laboral, qué pensarán
si te ven así. Esas cosas.

Hay
personas de todas las edades que juegan a ser otros, que buscan lo mismo que mi
colega. Una vez se escuchó a un nene del público decirle a la madre que le
gustaba el carnaval porque su psicóloga no era su psicóloga, y su profesora no
era su profesora.

¿No
es eso, acaso, la esencia del carnaval?

Lisi
está en el grupo verde. Su idea era bailar año por medio para tener algunos
veranos libres, pero este año –que le tocaba “verano libre”– no aguantó
escuchar los tambores desde su casa y no estar ahí, ensayando. “¿Cómo no
sumarse?” me –se– pregunta. Y otra vez, como Lionela, pareciera no haber
alternativa.

En
los ensayos suele pasar que los nenes que andan por ahí, jugando en La trocha,
se sientan a mirar y aprenden los pasos y los cánticos de la comparsa. Es común
ver en la 29, dice Gabriela, a chicos que marcan el ritmo golpeando los tarros
de espuma con el asfalto. Recuerdo que el año pasado mi hija, con 4 años, me
dijo “yo quiero bailar ahí”, cuando vio el malón de Lesionados vestido de negro
que cantaba “besame mucho”.

La
madre está vestida de turquesa y el padre con un traje multicolor. Ambos están inclinados, mejorando la imagen de su
hija. El padre le acomoda algo en la espalda y la madre corrige detalles del
maquillaje. “Ahí tenés una familia entera”, me dice una mujer de verde.

Lucía
tiene veintitrés años y baila desde los ocho. Además, es la hija de Paula. Para
ella, me cuenta la madre, su manera de recordar las cosas que le pasan en la
vida es por la temática de ese año de Lesionados. Es decir, los años de bailar
en la comparsa son los mojones del tiempo, una forma de atrapar la vida, de
evitar que los recuerdos se les escurran entre los dedos.

La
entiendo a Lucía. La entiendo porque a mí me pasa lo mismo con los mundiales.
La experiencia de vida, en mi caso, es la cantidad de mundiales vistos. 

“La
primera noche es de muchos nervios”, dice Paula. “Gabi –Florella– es muy
exigente y hace incapié en que estamos representando una obra”.

No
se trata sólo de mover el cuerpo y sonreír. Se trata de representar una obra,
de meterse en el personaje, de vivirlo, de sentirlo y si esto se logra,
entonces se transmite. La obra a representar suele estar en la cabeza de
Gabriela Florella un año antes, o dos, o más. Durante el año previo hay
reuniones con el director musical Fito Gonzalez y la directora coreográfica
Luciana Troglio. Al llegar diciembre y los primeros ensayos, la obra ya está
pensada.

La
previa del carnaval no es ahora mismo, en el Comunicaciones, dos horas antes de
la primera presentación. La previa del carnaval, para los lesionados, comienza
un año antes, el día después del último día.

Para
Beatriz –bailarina del grupo turquesa–, el carnaval es una especie de año
nuevo. El año, el verdadero año, empieza después del carnaval. Hay un antes y
después, dice. Y ese después es el bajón, la resaca.

Pese
a que es viernes, que hace calor, que es la primera noche de carnaval, que
estamos en un club y que hay cumbia en el aire, nadie se pasa con el alcohol.
Nadie desgasta energías antes de tiempo. En todo caso, eso vendrá después, ya
de madrugada. Una vez terminado el corso volverán al club, se quitarán las zapatillas
en la entrada para no mancharlas con espuma, se sacarán los trajes y
doblándolos prolijamente los guardarán para la noche siguiente, y recién
entonces festejarán como más les plazca.

Los
colores de Lesionados van copando la noche. “Las divinas” –así llaman al grupo
que este año se viste de amarillo– se agrupan en el salón de adelante. Las
escuadras, más allá del nombre que llevan cada año de acuerdo a lo que
representan, se identifican con otro nombre que les da sentido de pertenencia.
Así como hay actores que se los recuerdan –o se los nombran– por algún
personaje inolvidable que hayan hecho en sus carreras, hay años que dejan
marcas en la historia de Lesionados.

Este
año la temática es “DJ Dionisio”. Gabriela le pone palabras a lo que veremos en
una publicación en Facebook: “Un desfile da comienzo a las
fiestas dionisiacas. Todos los cuerpos serán uno solo, bailando, entregados sin
tiempo a los designios de Dionisio, que desde su lugar va marcando los ritmos
sin cesar. El teatro también es dionisíaco y por eso se sucederán las
representaciones de Helena de Troya, la mujer que sigue su amor sin importar
las consecuencias, Las aves, que conducen a los atenienses cansados de la
guerra a un mundo de paz, Lisistrata o la rebelión de las mujeres, Prometeo y
los niños que reciben el fuego robado a los dioses, Las bacantes, mujeres
entregadas a los placeres.

DJ DIONISIO es Grecia y los 80, es una
fiesta de la que nadie quiere irse. Una fiesta a la que están todos invitados.
Para bailar. Para reír. Para fundirse con otros. Para olvidarse de todo. Hasta
el final”.

Llega
el momento más esperado. Esos minutos previos de pura adrenalina. Los
Lesionados no pueden contener la energía en sus cuerpos. Algunos ensayan parte
de la coreo para liberar los nervios, otros se sacan selfies que en segundos
estarán en las redes. Hay quienes posan para los fotógrafos que con tanto color
y producción se hacen un festín. El clima me recuerda a esos minutos previos al
año nuevo, cuando los familiares se levantan de los asientos, se mueven
impacientes, empiezan a llenar las copas y entonces los abrazos, las palmadas y
las demostraciones afectivas se apresuran.

Yo
soy el invitado. Ese amigo solitario –el extranjero– que vino de lejos a pasar
unos días y que, circunstancialmente, lo toca pasar un año nuevo con toda la
parentela.