mm

Macri y Awada en el balcón de la Casa Rosada (Thomas Khazki)
Macri y Awada en el balcón de la Casa Rosada (Thomas Khazki)

A las 1745, Mauricio Macri le envió un WhatsApp a Marcos Peña: «Voy», escribió. El presidente estaba en Los Abrojos y su jefe de Gabinete en una quinta bonaerense que alquila como casa de fin de semana. Macri ya había recibido decenas de chats, imágenes y videos desde la Plaza de Mayo -inclusivo uno de Juan José Campanella-, y se puso a esperar el helicóptero oficial que había salido desde Aeroparque para recogerlo en la quinta familiar y llevarlo sin demoras a la Casa Rosada.

La decisión de Macri fue inesperada y complicó a la burocracia del gobierno y a la seguridad presidencial. En Balcarce 50 tuvieron que prender las luces del Balcón para recibir a Macri, no hubo tiempo para instalar un micrófono -sólo se utilizaron las redes sociales- y cuando era inminente la llegada del presidente se decidió abrir las rejas que dividen en dos a la Plaza de Mayo.

Macri chateó con Peña, con Fernando de Andreis -secretario general de la Presidencia- y con su staff en la Secretaria de Medios, que dudaba sobre la decisión de llegar a la marcha y saludar a los miles de participantes espontáneos que gritaban «sí se puede».

Durante toda la semana, Macri consultó a sus ministros más cercanos si tenía que ir a la marcha o no. Primó la cautela, aún están abiertas las heridas de la apabullante derrota ante la fórmula Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner, y no querían poner al presidente frente a otro golpe anímico y político.

Pero a la tarde, Macri vivió en tiempo real la marcha que sucedía frente al Obelisco.

Noticia en desarrollo:

 

 

 

Dejar respuesta

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí