Ramos Mejía es una localidad que queda en uno de los municipios con mayor pobreza del conurbano bonaerense. La Matanza es como una provincia más, por cantidad de población, por extensión y por los contrastes sociales.

En 1974 mis padres compraron una casa con un crédito del Banco Provincia de Buenos Aires en una zona de Ramos habitada por familias de clase media: operarios, empleados públicos, pequeños comerciantes y algún que otro profesional. En esa casa, ubicada cerca del Ateneo Don Bosco –un lugar conocido para algunos de los del Oeste– no sobraba lujo, pero no faltaba nada. Vivíamos seis personas en un PH de tres dormitorios, cocina, living, patio, garaje y terraza. Teníamos parrilla, algo fundamental en la casa de un carnicero de Mataderos, y más tarde habría también un altillo.

Éramos una de esas familias de clase media que mandaban a sus hijos a la escuela pública número 29 Sargento Cabral y que dependía de la línea de colectivos 378 “Por Pringles” para llegar a la estación del ferrocarril Sarmiento. Un tiempo después de habernos mudado allí, el colectivo que pasaba por la esquina ya llegaba a Liniers.

Mis viejos siguen en la misma casa. Son jubilados y están bien de salud aunque, como suele suceder a cierta edad, visitan permanentemente a diversos médicos. Mejor dicho, visitaban. Porque la cuarentena obligatoria los dejó sin esas constantes excursiones a consultorios. Y los dejó, también, alejados de sus tres hijos. Una de mis hermanas vive cerca, pero no tiene auto y las calles de La Matanza –desoladas por la cuarentena– se volvieron difíciles de caminar por la inseguridad que en los últimos días aumentó. Mi otra hermana y yo vivimos en Capital, así que, por las restricciones, se nos hace prácticamente imposible llegar.

Comenzamos a preocuparnos, no solo por su salud, sino también por el abastecimiento de alimentos. Remedios tienen, dijeron, por lo menos hasta dentro de dos semanas.

Les hemos pedido que no salgan de su casa. Ni siquiera al almacén del barrio donde compran habitualmente. Los supermercados de la zona quedan lejos, por lo que tampoco eran una opción.

Los vecinos –salvo raras excepciones– son los mismos que yo conocí cuando nos mudamos. Allí siguen viviendo Antonia y José, Suso y Mary, Vicenta y Tucho. Son matrimonios de una edad cercana a la de mis viejos y hace rato que sus hijos se independizaron.

La señora que vive en la casa de al lado, medianera de por medio, se llama Zenaida y uno de sus hijos es Fabián. Cuando éramos chicos nos cruzábamos todos los días. Rubio y altísimo –una especie de vikingo perdido en La Matanza–, aunque tenía cuatro años menos que yo, parecía mayor. No estábamos en la misma banda, pero a veces jugábamos a la pelota o salíamos a recorrer el barrio en bicicleta. Sus dos hermanos le llevan 12 y 15 años. No andaban con nosotros porque eran más grandes. Hoy, ya pertenecen al grupo de riesgo, superaron los 60.

En 1990, me mudé a Chacarita y no volví a vivir más en esa casa donde pasé infancia, adolescencia y algunos años de la adultez. Desde entonces, voy a visitar a mis padres cada tanto y paso por la puerta de lo de Zenaida.

Creo que desde que me fui de la casa familiar, a Fabián lo vi una sola vez, a la pasada. Aquella relación que creció en la vereda se había terminado cuando dejé el barrio. Supe –porque me contaron mis padres– que se había casado y se había ido a vivir a otro lado.

Hace unos meses, un usuario comenzó a seguirme en Twitter. Comentó varios de mis tweets con datos que remitían a mi infancia y deduje que no podía ser otro que Fabián. Ayer, en medio de la preocupación creciente por cómo abastecer de alimentos a mis viejos, lo contacté por mensaje directo. Le pregunté si él iba a visitar a su madre a la casa de al lado de la de mis viejos. Tenía la intención de pedirle ayuda. Me contó que había vuelto a vivir allí porque se había separado y porque debía cuidar a su mamá, de 88 años. Me dijo que la noche anterior había saludado a mis viejos desde la vereda y que vio que estaban bien. Le pedí por favor si podía ir a hacerles unas compras.

Habían pasado añares desde la última vez que charlamos e, inmediatamente, se puso a disposición. Me preguntó qué necesitaban.

Intercambiamos teléfonos y comenzamos a chatear por WhatsApp. Al agregar su contacto recordé su apellido que tenía completamente olvidado. Hablamos, nos acordamos de algunos amigos de aquellos años y repasamos un episodio futbolístico. Me pidió que le mandara una lista con lo que mis padres necesitaban para ir a hacerles las compras en medio de la pandemia y yo le pedí su CBU para transferirle el dinero. Por la noche les llevó la comida.

En los últimos días, a raíz de la violación de la cuarentena obligatoria por parte de varios ciudadanos, quedaron al descubierto actitudes miserables. Cuando Fabián, sin dudarlo, se dispuso a ayudar a mis viejos, deduje que aquella solidaridad barrial, entre vecinos de la misma cuadra, que se había forjado invisiblemente hace más de 40 años, prevalecía por sobre el egoísmo de aquellos que, por no aislarse, ponen en peligro a sus seres cercanos y el resto de los que los rodean.

Al comentar con algunos compañeros de Infobae el gesto de Fabián, me contaron que ellos conocían otros Fabianes que habían hecho cosas similares –en barrios de casas bajas o en edificios de departamentos– en estos días de cuarentena obligatoria.

A Fabián le agradecí ayer por la noche, cuando me avisó que el pedido había sido entregado. Me dijo que Bety y Antonio –mis viejos– estaban bien. Ellos le agradecieron de lejos, a través de la ventana de la cocina, cuando dejó los productos en la puerta, como se recomienda en estos tiempos de coronavirus, mezquindades y gestos de bondad infinita. Cuando todo esto termine, volveré –después de tantos años– a darle un abrazo a Fabián, quizás uno tan fuerte como nunca le di.

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