La velocidad al caminar, importa. Y más vale caminar rápido, a cualquier edad. Desde hace algún tiempo la velocidad de marcha se utiliza como biomarcador de la salud​ neurológica y fisiológica de las personas mayores. Y ahora, un nuevo estudio publicado por la revista médica Jama asegura que también es indicativa del grado de envejecimiento de quienes están en los 40.

En concreto, la investigación concluye que las personas de 45 años que andan más despacio presentan un peor estado de salud. Los pulmones, los dientes y el sistema inmunológico son algunas de las partes del cuerpo donde la diferencia entre quienes caminan más rápido y más lento es mayor. Pero también difieren sus rostros y sus capacidades cognitivas. Las caras de quienes caminan despacio están más envejecidas, el tamaño de su cerebro es menor y sus funciones neurocognitivas están más atrofiadas.

“Los médicos saben que quienes caminan lento a los setenta y ochenta años tienden a morir antes que quienes caminan rápido a esa misma edad; pero este estudio cubre el período desde la etapa preescolar hasta la mediana edad, y descubre que un caminar lento es signo de problemas décadas antes de llegar a la vejez”, explicó la psicóloga y autora principal de la investigación, Terrie Moffitt, de la Universidad de Duke (Estados Unidos), al presentar los resultados.

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Los datos utilizados en la investigación proceden de un estudio longitudinal que siguió a cerca de mil personas desde su nacimiento, a principios de la década de los 70, hasta ahora. Las pruebas realizadas revelaron una correlación clara entre una velocidad de marcha más lenta y los indicadores físicos y biológicos del envejecimiento acelerado a los 45 años.

En concreto, aquellos que caminan a un velocidad media de dos metros por segundo se mantienen mejor y obtienen mejores resultados que los que lo hacen a una media de 1,3 metros por segundo. Y el grupo de personas más lentas al caminar a los 45 años muestra cambios estructurales en el cerebro, como un menor volumen cerebral y un grosor cortical medio más bajo.

El estudio también descubrió una correlación entre las pruebas neurocognitivas que habían realizado a esas personas a los tres años y su velocidad al caminar a los 45. Es decir, que los resultados en las pruebas para identificar su coeficiente intelectual, comprensión del lenguaje, tolerancia a la frustración, habilidades motoras y control emocional que les hicieron de niños permiten predecir qué tipo de caminante serían después de 40 años.

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Los investigadores admiten que los datos de su investigación tienen algunas limitaciones. Así, por ejemplo, no disponen de imágenes del cerebro o datos de la velocidad de marcha de esas personas a edades más tempranas, así que no pueden saber qué cambios se produjeron en la velocidad de marcha desde la adolescencia hasta la edad adulta. Tampoco tienen claro qué mecanismo causal podría estar vinculando el funcionamiento neurocognitivo infantil y la velocidad al caminar a los 45.

No obstante, desde el punto de vista médico la investigación sugiere que la velocidad de marcha debe ser tenida en cuenta como un indicador útil de problemas de salud en personas de mediana edad. De hecho, investigaciones recientes ya habían revelado que la rapidez al caminar puede ser una herramienta de diagnóstico para identificar diferentes tipos de demencia en las primeras etapas del deterioro cognitivo, e incluso servir para detectar el glaucoma antes de que aparezcan síntomas de deterioro visual.

En 2013, una investigación sobre 93 adultos de más de 70 años había constatado que los que andaban lento tenían nueve veces más probabilidades de desarrollar deterioro cognitivo leve (no relacionado con la memoria) que aquellos que eran caminantes moderados o rápidos. Para llegar a esta conclusión se midió la velocidad a la que andaban por sus casas durante 3 años a través de sensores de infrarrojos, y se les realizaron con regularidad test de memoria y ejercicios mentales.

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En 2016, otro estudio realizado en el Hospital Universitario de Toulouse (Francia) reveló que la velocidad a la hora de andar está directamente relacionada con la cantidad de placas de beta-amiloide acumuladas en el cerebro, y que alteraciones sutiles al caminar, unidas a algunos problemas de memoria, pueden ser un signo de la enfermedad de Alzheimer antes de que la persona muestre cualquier otro síntoma.

Y el año pasado se publicó otra investigación que había seguido la evolución de la velocidad al caminar y la agudeza mental de 175 personas de entre 70 y 79 años durante 14 años. Los investigadores concluyeron que un descenso progresivo de la velocidad de nuestra marcha durante un tiempo prolongado podría ser un indicio de deterioro cognitivo. En concreto, aquellas personas que redujeron su velocidad en 0,1 segundos más por año, presentaron un 47% más de probabilidades de desarrollar un declive mental, dado que experimentaron una contracción en el hipocampo derecho (el área asociada con el aprendizaje y la memoria).

© La Vanguardia.



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