Una investigación reciente de la Fundación Ineco deja en evidencia que el principal cuadro presente en este tiempo de confinamiento es el de estrés y burnout (quemazón), producido por la intensidad de las presiones y exigencias de un tiempo agobiante: el encierro, la convivencia continua, el temor por el contagio y el factor económico son, entre tantas variables, las que nos llevan a este cuadro caracterizado por una erosión de nuestra energía interna, fatiga, y en algunos casos problemas con nuestra identidad o despersonalización.

El estudio también menciona la ansiedad generalizada como cuadro que ha ido tomando fuerza en este último tiempo. Consiste básicamente en la activación ansiosa de una serie de preocupaciones que no le permiten al individuo estar en calma.

En esta columna intentaremos brindarte una herramienta que puedas usar para disminuir los niveles de exigencia (autoexigencia principalmente), autocrítica y severidad, un problema que no hace más que agregar dolor a nuestras vidas.

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Qué es el Yo Compasivo

¿Observaste que algunas veces estás más amable, más conectado, te tratás mejor a vos mismo y sos paciente? Ese estado que aflora en determinados momentos podría ser un estado compasivo. A diferencia de otros momentos en los cuales somos más rígidos, autocríticos y severos, este estado hace emerger en nosotros una cualidad diferencial que necesitamos de manera urgente para nuestra sociedad y más aún en momentos como el que vivimos. María Costa, psicóloga del equipo de Motivación Compasiva, llama a esto el «Yo Compasivo» y lo define como «encarnar las cualidades de la compasión en nosotros».

¿Por qué decimos que es necesario activarlo? Porque en momentos de dificultad, en lugar de cuidarnos y protegernos (cosa que sí solemos hacer con otros) nos tratamos mal y nos volvemos autocríticos y a veces hasta despreciativos con nosotros mismos. Y eso complica todo.

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En el esquema de Paul Gilbert el yo compasivo correspondería al sistema de calma o soothing system, encargado de generar la relajación, la conexión profunda y las cualidades que acompañan al amor y la compasión. Se remonta a nuestras épocas tempranas de desarrollo, cuando nuestros cuidadores más cercanos nos brindaban apego seguro frente a lo inmenso de un mundo desconocido.

Jorge Rodríguez Yáñez, médico internista del hospital Argerich, quien trabaja en la trinchera frente a la pandemia actual, lo menciona como una forma de equilibrar el yo más adrenalinérgico, el enfocado en el modo de hacer y el cambio. «Por momentos tenemos que estar corriendo en la atención de los pacientes y activamos circuitos de acción y resolución, pero también podemos bajar la intensidad y reconectarnos con nosotros a través del autocuidado, el amor y la comprensión: eso sería el Yo Compasivo», finaliza.

La sonrisa activa músculos que impactan en el ánimo.

La sonrisa activa músculos que impactan en el ánimo.

Práctica para alimentar el Yo Compasivo

Hoy quería compartirte una práctica para alimentar, para fortalecer este estado de compasión que podemos activar en cualquier momento, cuando la intención simplemente lo decida. María nos guiará en ella.

La profesional nos introduce: «La práctica apunta a preparar al cuerpo y la mente para construir las bases, en un principio, y luego tener más a mano al Yo-compasivo. Construcción importante para el modelo. Es decir, tener a mano para cuando lo crea necesario, uno de mis tantos Yo que me acompañe en situaciones de sufrimiento, uno que tendrá características específicas que construiremos en el proceso terapéutico. Es un proceso que se construye deliberadamente, con la ayuda de la motivación necesaria para esto y que para muchos de nosotros es lento y difícil, ya que está relacionado a nuestras figuras de apego (cuidadores tempranos)».

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Luego, continúa: «La premisa de Paul Gilbert es preparar al cuerpo para sostener a la mente, entonces con esta práctica tenemos presentes los 3 pilares necesarios para esto, la postura, el rostro y nuestra voz interna«.

Aquí va el ejercicio en base a estos tres pilares:

1. La postura

Jugá con la diferencia de observar a tu cuerpo encorvado, tenso, como protegiéndote (por eso nos encorvamos, para cuidar nuestro pecho y nuestros órganos), como habitualmente está nuestro cuerpo cuando se encuentra en situación de ansiedad, y luego el cuerpo relajado, erguido, abriendo los hombros y bajándolos y respirando profundo. ¿Podés notar la diferencia en tu mente también?

2. El rostro

Esbozá una sonrisa suave, tenue, y luego una media sonrisa. Sentí cómo eso te brinda cierta frescura y relajación. La sonrisa activa músculos que impactan en tu ánimo. Luego poné tu rostro más serio, endurecelo, podés fruncir el ceño o apretar con fuerza los músculos. ¿Cómo se siente eso en tu mente?

3. La voz interna

Por último, utilizá un tono de voz más bien duro, frío, para decir una frase, que puede ser: «Hola, ¿cómo estás …(y tu nombre). Repetilo varias veces y sentite, especialmente a nivel emocional. Luego decite lo mismo pero con afecto, de manera suave, cadente: «Hola, ¿cómo estás?» ¿Podés notar la diferencia? Cambia de manera abrumadora la sensación interna cuando nos tratamos con suavidad y cariño.

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Como ves es un ejercicio simple, pero muy potente. Te permite enlazar rápidamente cuerpo y mente y buscar ese lugarcito donde suele esconderse el Yo compasivo, esa parte nuestra que nos amiga con la vida, que nos da esperanza y nos conecta de manera profunda y sentida con los demás. Practicalo varias veces, con el tiempo vas a poder «sentirte» de manera más natural y activar el Yo Compasivo.

*Martín Reynoso es psicólogo, director de Train Your Brain Argentina y autor de «Mindfulness, la meditación científica».



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